sábado, 30 de mayo de 2009

Macumba

Desde la llegada de los primeros esclavos, la iglesia puso en funcionamiento el mecanismo evangelizador. Sólo que, el desconocimiento de los diversos dialectos africanos que hablaban los presuntos catecúmenos por un lado, como el ininterrumpido crecimiento del número de los recién llegados por otro, impidió que el intento de cristianizar llegara mas allá del bautismo.
Los esclavos desconocían el sacramento desconociendo su significado; los clérigos lo imponían ignorando o menospreciando la mera condición humana de los cristianos que pretendían incorporar al Pueblo de Dios.
Cuando se advirtió que los esclavos bautizados se reunían secretamente para adorar a los dioses africanos, se apreció el peligro potencial que esas practicas significaban para el orden establecido por el colonialismo portugués y para el sistema de valores éticos de la iglesia.
Los amos portugueses, que habían transplantado intactos el estilo de vida y el catolicismo doméstico de la metrópoli, escuchaban con temor y repugnancia el toque de los tambores nocturnos.
Los clérigos compartieron la alarma de los señores y de acuerdo con ellos dictaron prohibiciones y se anunciaron castigos para los infractores del código de los blancos. Sin embargo, del choque del frente católico-portugués con el pagano-africano, no devino el clásico fin de la batalla con vencidos y vencedores. En ambas partes hubo cesión de terreno. Amos y jerarquía eclesiástica hubieron de admitir que aquellos esclavos a los que permitían reunirse para danzar y cantar a los dioses, rendían más y mejor en las agobiantes tareas para las que se los destinaba. Privados a esas reuniones, languidecían y enfermaban con más frecuencia, causando el consiguiente perjuicio económico a sus dueños.
Los esclavos, acosados y atemorizados por la cantidad de castigos con que los amenazaban, adoptaron un mecanismo de defensa que consistió en un simulacro de cristianización de sus ritos.
Para dar salida al ímpetu congregacional y festivo de los negros, la Iglesia patrocinó la creación de cofradías que canalizaran la emotividad del pueblo sojuzgado. Así nacieron el patronato de San Benito y de Nuestra Señora del Rosario en el que los negros desfilaban con sus estandartes y sus “reyes” y “reinas (...)
El negro protegió astutamente el ritual africano colocando las imágenes de Santos católicos en los rústicos altares en los que antes había venerado fetiches y piedras que simbolizan a los Orixas (...)
Hoy los altares de los terreiros admiten por igual imágenes de San Lázaro, San Jorge, la Inmaculada Concepción, Jurema, Tupí-nambá y Cristo Jesús. Hoy las fiestas más importantes dedicadas a la Oxúm, Iemanjá, Omolú coinciden con las celebraciones de la liturgia católica.
Pero la explicación de esas coincidencias no va más allá de la necesidad original de encubrir el ritual africano de los esclavos con las fiestas y las imágenes de la Iglesia católica.

Del libro La Macumba y otros cultos afro-brasileños en Montevideo de America Moro y Mercedes Ramírez.